Escamizada

Estoy en proceso de escamización. Consiste en la simple actividad de pasar más tiempo en el mar que fuera de él. El level up será cuando me salgan branquias… tiempo al tiempo.

7:00 am, te levantas porque en una hora tienes que estar en el puerto. Saldremos en barco y nos sumergiremos en el mar, genial si, pero cuando suena la alarma yo me cago en todo (no vamos a mentirnos) y salgo de casa con tal cara que las personas con las que me cruzo deben de pensar que estoy llegando ahora de fiesta.

Ya en el puerto el ánimo va cambiando. Algunos pescadores acaban de llegar de faenar durante la noche, el puerto está aún así en silencio y ves los barquitos meciéndose al son de la corriente, el olor del mar te revitaliza y si el tiempo acompaña, el sol va calentando tu cuerpo dulcemente. Claro que todo esto dura un segundo porque en cuanto llegas te juntas con la tropa y te pones a charlar y a preparar el equipo.

Una vez listos y sentados en la neumática, salimos tranquilamente por la bahía hacia el mar y a medida que avanzamos, el barquero le mete caña al motor. Es un momento de silencio en el barco, cada uno está a sus propios pensamientos o simplemente disfrutando del paseo. Pero lo bueno llega cuando te sumerges.

Una vez estás descendiendo no existe nada más que el placer de flotar y de visitar un mundo ajeno al tuyo. No existen los problemas, no existe la superficie, no existe NADA, porque este es un momento solo para ti y tu propio disfrute. Te desplazas lentamente, dejándote llevar, respiras con profundidad por el regulador y te vas relajando a la vez que observas la vida marina que, a su vez, te observan a ti.

Cuando sales ya estás pensando en la siguiente inmersión, en la siguiente vez que podrás escapar de tu pequeño pero complicado mundo diario. Y es peligroso, porque engancha. Porque cada vez quieres pasar más tiempo dentro que fuera, pero sabes que ese mundo no es el tuyo, que no eres más que un visitante privilegiado y que debes volver a tu lugar…

Menos mal que estos pensamientos se esfuman en cuanto desalamos el equipo y nos vamos a tomar el pote “de después” de rigor. Cada submarinista es de su padre y de su madre pero nos une una misma pasión y precisamente por eso, los momentos que pasamos juntos siempre son divertidos.

Me vuelvo al mar, que se me está secando la piel.

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El rugby y Nelson Mandela

Copio textualmente un fragmento de un libro que recomiendo: “El factor humano”, escrito por el periodista John Carlin que relata el rol que cumplieron Nelson Mandela y el equipo de Sudáfrica, los Springboks, para la reconciliación de negros y blancos gracias al mundial de rugby del año 1995:

“… El día en que Nelson Mandela fue liberado, tras 27 años de cárcel, Morné du Plessis dudó si ir a la Grand Parade, la plaza abierta de Ciudad del Cabo en la que el preso más famoso del mundo debía pronunciar su primer discurso como hombre libre. Finalmente decidió que sí, iría.

Du Plessis era seguramente el más alto de las decenas de miles de personas reunidas en la Parade aquel 11 de febrero de 1990. Era uno de los personajes más famosos de aquella multitud -desde luego, el blanco más célebre: había sido capitán de los Springboks, la selección surafricana de rugby, y ahora era su manager. Durante los nueve años que jugó en la selección fue un héroe nacional afrikáner y, como tal, la expresión más visible de la opresión racial que simbolizaba la camiseta verde de los Springboks para los surafricanos negros. A diferencia de algunos de sus compañeros de equipo, había sido capaz de verlo, aunque había optado, con cierta mala conciencia, por no expresar sus opiniones.

Por eso no fue demasiado sorprendente que un hombre negro, aparentemente borracho, se acercara a él esa tarde, le insultara y le dijera que se fuera, que aquélla era una ceremonia en la que él no pintaba nada. “Pero lo que me impresionó no fue la actitud amenazante de aquel tipo”, recordó Du Plessis. “Fue el hecho de que otro negro se apresuró a amonestarle. Entonces se unieron otros, enfadados porque me hubiera tratado así, y se lo llevaron”.

Era gente pobre que hablaba en xhosa, la lengua de Mandela, pero Du Plessis comprendió que tenían la sutileza política suficiente para saber que, a cuantos más blancos pudiera convencerse de participar en las celebraciones de la liberación de Mandela, mejor para todos.

Du Plessis fue a la Parade porque albergaba la esperanza de que la liberación de Mandela curara un país que había estado enfermo durante mucho tiempo y que en 1990 contenía todos los elementos para una guerra civil.

Sus esperanzas se cumplirían, y Du Plessis llegó cinco años más tarde a descubrir que desempeñaría un papel clave en el plan magistral de Mandela de transformar un símbolo de división en un instrumento unificador, en usar el rugby como el bálsamo para la reconciliación de blancos y negros bajo el eslogan “Un equipo, un país”.

El gran acto de generosidad de Mandela fue llevar el torneo de la Copa del Mundo de rugby a Suráfrica, emocionando a los afrikáners que no habían podido ver rugby de primer nivel a causa del boicoteo internacional a los Springboks en la década de los ochenta. La genialidad de Du Plessis fue convencer a los Boks para que aprendieran un himno de resistencia negra que para muchos blancos surafricanos era una expresión amenazante de la vasta marea negra que podía alzarse y devorarlos.

En los partidos de los Springboks, la muchedumbre afrikáner siempre entonaba como un grito de guerra el himno Die Stem (la llamada), cuya letra celebra los triunfos de los bóers cuando avanzaron en sus carretas hacia el norte en la Gran Marcha de mediados del siglo XIX, durante la que fueron apropiándose de las tierras de los negros por el camino.

La respuesta negra era el Nkosi Sikelele iAfrika (Dios bendiga a África), la sentida expresión de un pueblo que había sufrido durante largos años y anhelaba la libertad. En los años del apartheid, a menudo provocaba la intervención violenta de la policía cuando se cantaba con tono desafiante.

Mandela contradijo al comité ejecutivo de su Congreso Nacional Africano (CNA) cuando éste quiso reemplazar el Die Stem por el Nkosi Sikelele como himno nacional, en un momento en el que había gran tensión política y existían temores de un golpe de extremistas blancos. Mandela expuso su punto de vista. “Esta canción que despacháis con tanta facilidad contiene las emociones de muchas personas a las que todavía no representáis. De un plumazo, decidiríais destruir la única base de lo que estamos construyendo: la reconciliación”.

Las dos canciones se convirtieron en los himnos cooficiales; pero en la toma de posesión de Mandela como presidente, en 1994, pocas voces blancas cantaron el Nkosi Sikelele. Du Plessis decidió que sus hombres podían hacerlo mejor.

Mandela y él tenían una misma misión imposible: convencer a los negros de que ejecutaran un vuelco histórico y apoyaran a los Boks. Mandela estaba realizando la labor que le correspondía dentro del CNA, transmitiendo el mensaje a su gente de que “ellos” eran ya “nosotros”. Du Plessis sabía que las consecuencias podían ser terribles si, antes de cada partido de la Copa del Mundo, la gente veía a los Springboks cantando la letra de Die Stem en afrikáans y en inglés con entusiasmo, pero no la del Nkosi Sikelele.

Du Plessis no había hablado de política con ninguno de los jugadores, pero no tenía motivos para creer que fueran otra cosa que los típicos votantes del Partido Nacional, que había impuesto el apartheid durante casi medio siglo con la ignorancia y los prejuicios que eso entrañaba.

“Teníamos a algunos afrikáners de pura cepa, y el himno [el Nkosi Sikelele] estaba en xhosa, que era la lengua del que, para muchos surafricanos blancos, había sido el enemigo. Era duro pedir a estos chicos que cantaran una canción que tenía esas connotaciones”. Y era duro enseñarles a pronunciar las palabras en xhosa. Dos de los jugadores de la plantilla lo hablaban un poco, los 24 jugadores restantes no tenían ni idea.

Por suerte, Du Plessis tenía una amiga que podía ayudar, una vecina suya en Ciudad del Cabo llamada Anne Munnik. Era una mujer blanca de treinta y tantos años, esbelta, atractiva y vivaz, de habla inglesa, que se ganaba la vida enseñando xhosa. Se quedó estupefacta cuando Du Plessis le sugirió que diera una clase a los Boks para enseñarles a cantar el Nkosi Sikelele. ¿Cómo reaccionarían?

Munnik pensó en algunos de sus nombres guturales, típicos del afrikáner (Kobus Wiese, Balie Swart, Os du Randt, Ruben Kruger, Hannes Strydom, Joost van der Westhuizen, Hennie le Roux), y tenía la sensación de que, desde el punto de vista político, también debían de tener más en común con la extrema derecha que con el CNA, con Die Stem que con el Nkosi Sikelele. Con serias reservas, aceptó.

Quedaron una tarde de la tercera semana de mayo de 1995 en el hotel de Ciudad del Cabo en el que se alojaba el equipo durante los preparativos para el primer partido de la Copa contra los campeones del mundo, los australianos, para el que faltaban pocos días. Du Plessis, una torre al lado de la menuda profesora, la presentó como una vieja amiga. Los jugadores reaccionaron como adolescentes. Codazos, guiños, gestos de complicidad.

“Cuando Morné dijo que había estado en mi granja varias veces no hubo más que hablar”, recordaba Anne Munnik. “Todo fue ‘oh’, y ‘ah’, y risitas, y carcajadas, e insinuaciones, y empezaron a tomarnos el pelo”.

Pero sin mala intención. Era aficionada al rugby, pero nada de lo que había visto en televisión la había preparado para el tamaño de aquellos hombres en carne y hueso. Wiese y Strydom medían 1,93 metros y pesaban 125 kilos; Swart medía casi ocho centímetros menos, pero era tan ancho como la puerta de un establo.

Dio a cada jugador una hoja de papel con la letra de la canción y les hizo leerla, repitiendo las palabras más difíciles e intentando reproducir los sonidos chasqueantes del xhosa, casi imposibles para personas que no los hubieran aprendido desde niños. “Luego, cuando llegó el momento de cantar”, contaba, aún sorprendida, años más tarde, “lo hicieron con mucho sentimiento”. Kobus, Wiese y Strydom tenían talento natural. Wiese (pronunciado Vise) era uno de los payasos del equipo y un hombre cuya agudeza mental parecía impropia de su tamaño, pero nadie habría podido acusarlo nunca de ser progresista. La liberación de Mandela, según reconocía él mismo, le había dejado frío.

Wiese se asombró al ver con qué rapidez la música del Nkosi Sikelele, desde la primera vez que cantó el himno, había eliminado de un plumazo los escrúpulos políticos. “Había oído la canción, por supuesto”, contaba. “Había visto en televisión esas masas enormes de negros desfilando, cantando y bailando por las calles con palos y neumáticos en llamas; les había visto arrojar piedras e incendiar casas. Y siempre se oía el Nkosi Sikelele iAfrika de fondo. Para mí, y prácticamente para todos los que conocía, el himno era sinónimo de swart gevaar, el peligro negro. Pero el caso es que me gusta mucho cantar. Siempre me ha gustado. Y de pronto descubrí, para mi asombro, que estaba atrapado en el canto, que era una melodía preciosa.

François Pienaar, el capitán, que había conocido a Mandela un año antes y había quedado cautivado, se unió al grupo con buena voluntad, pero le costaba muchísimo la pronunciación de las palabras y tenía la canción en sí menos presente -”pocos de nosotros conocíamos ni siquiera la melodía, la verdad”- que Wiese, con toda su falta de progresismo.

(…) Hennie le Roux, uno de los miembros más solemnes del grupo, se dedicó con gran aplicación a las lecciones de Anne Munnik. Era tan poco político como los demás, pero tenía ya muy clara la necesidad nacional de aprender el Nkosi Sikelele. Lo había comprendido, como otros Springboks, a su llegada al hotel de Ciudad de El Cabo unos días antes, cuando el personal, en su mayoría negro, salió a recibirles en el vestíbulo. “Nos recibieron cantando, bailando y celebrando, felices de vernos, muy acogedores. Fue algo que no habíamos visto nunca en nuestras carreras, unos negros ahí delante, saludándonos con tanto entusiasmo como el que nos mostraban las muchedumbres de aficionados blancos más enloquecidos. Fue un gran momento para todos nosotros”.

James Small lo decía de forma más directa. “Nos miramos entre nosotros y pensamos: ¡Joder, aquí está pasando algo!” Para Le Roux, ése fue el momento en el que comprendió que tenía que poner algo de su parte. “Si ellos estaban tan dispuestos a estar a nuestro lado, lo menos que podíamos hacer nosotros era un esfuerzo para aprender su canto”.

Munnik estaba a punto de acabar la clase cuando los tres jugadores más grandotes del equipo, Wiese, Strydom y Swart, alzaron la mano: ¿Podían cantar el himno una vez más, ellos tres solos? “Dije: ‘¡Por supuesto! Y empezaron a cantar, como tres niños de coro gigantes, primero en voz baja, subiendo hasta las notas más altas. ¡Lo cantaron de forma tan hermosa! Los demás jugadores se quedaron boquiabiertos. No hubo risas ni bromas. Simplemente los miraron”.

Para los tres gigantes, cantar aquella canción tuvo el poder de una epifanía. “¡Allí se quedó mi inocente ignorancia, hecha añicos!”, exclamaba Wiese. “Cuando aprendí la letra de aquel canto se me abrieron las puertas. Desde entonces, cada vez que oigo a un grupo de negros cantando el Nkosi Sikelele… es deslumbrante, tío. Es precioso”.

El equipo cantó el Nkosi Sikelele en el partido inaugural contra Australia, y en cada partido mientras iban camino hacia la final. Pero cuando llegaron a la final contra Nueva Zelanda, Pienaar, el capitán de los Springboks, se quedó mudo. “No pude cantar el himno”, reconoció. “No me atreví”. Había querido desesperadamente estar a la altura de la ocasión, ser un ejemplo, no decepcionar a Mandela. Había visualizado la escena una y otra vez en su cabeza. Sin embargo, cuando llegó el momento, cuando los dos equipos se pusieron en fila a un lado del campo, antes del partido, y la banda tocó los primeros compases del Nkosi Sikelele, no fue capaz de abrir la boca. (…) Dos horas después probó el sabor de la victoria. Ante el júbilo de toda una nación, los Springboks ganaron el partido y se coronaron campeones del mundo….”

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Rugby: Un deporte de villanos jugado por caballeros

Se dice popularmente que el fútbol, es un deporte de caballeros jugado por villanos y el rugby, un deporte de villanos jugado por caballeros. El problema suele ser cuando un no-aficionado ve un partido y piensa que no son más que unos armarios con patas lanzándose un balón ovalado y dándose de ostias así por diversión. Nada más lejos de la realidad.

Como parece que está implícito en nuestros genes, el ser humano siempre a sentido predilección por espectáculos audiovisuales donde la emoción, las apuestas y los desafíos cobran un nuevo significado. Ya eran forofos los romanos con el circo y el anfiteatro y seguramente el gladiador Fulano que había matado a tropecientas fieras y esclavos extranjeros vendría a ser el pichichi Leo Messi de hoy día; vamos, que no nos viene la afición desde hace poco.

No soy amante del fútbol, ni siquiera interesada pues ya tuve una época de contacto con ese deporte y me parece, francamente, una estafa. Bien porque el esfuerzo físico no es especialmente fuerte (un jugador de rugby corre de media 4 veces más que un jugador de fútbol en un partido), bien porque las reglas no se respetan (en el rugby un jugador se seca la sangre y disimula que no está herido para poder seguir jugando y en el fútbol el roce de una brizna de hierba sirve para tirarse al suelo y hacerse el herido de manera absurda).

El rugby tiene espíritu (está muy unido a la cultura local, al menos en los países con afición), respeto por el rival (hablamos del famoso tercer tiempo que es cuando, una vez acabado el partido, ambos equipos se van de juerga) y el árbitro (nunca se cuestionan las decisiones del árbitro, él es la última palabra), el sentimiento de unidad y de equipo (no se llevan nombres en las camisetas, sólo números pues el rugby, aunque tiene jugadores estrella como Sebastian Chabal, Jonah Lomu, Dan Carter, etc, es un deporte en el que el equipo lo es todo y cada punto se ha logrado gracias al trabajo colectivo) y mil elogios más.

Se habla de la violencia en el juego. Pero si os fijáis,  los jugadores se rugby no se pegan, solo tratan de alcanzar la pelota (está severamente castigado con expulsión directa que un jugador pegue a otro, por no hablar del sentimiento de rechazo que general tal acto tanto para su propio equipo como para la afición) y eso por no hablar de los hinchas. Compartir una cerveza con alguien que apoye al otro equipo y que esa persona te felicite porque tu equipo ha marcado un punto de manera impresionante, es algo que ya me gustaría a mi poder verlo en el fútbol, en muchos partidos tiene que aparecer la policía, ha habido muertos y están los hooligans provocando disturbios antes, durante y después del partido…. realmente vergonzoso.

Este fin de semana comienza el 6 naciones, un torneo en el que juegan los mejores equipos del hemisferio norte y el cual os recomiendo que veáis. Es todo un espectáculo de caballería, respeto y afición por una pasión: el rugby.

Os dejo una intro fabulosa del 6 naciones del 2010, está inspirada en la película “Invictus”, la cual trata precisamente de los Springboks, el equipo de Sudáfrica y como ellos ayudaron a Nelson Mandela a unificar un país desgarrado por las guerras civiles entre blancos y negros.

¿Qué no me creéis y os suena a historia de Hollywood? Leed mi próxima entrada…

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Calendas de Enero

Hoy hablaré del calendario actual, de porque comenzamos el año el 1 de Enero y me volveré a confirmar en la teoría de que, sin saber nuestro pasado no podemos entender nuestro presente. Para empezar… ¿Sabíais que el término calendario deriva del latino calendas que se empleaba para denominar el día inicial de cada mes?. Calendas, a su vez, procede del verbo calare (llamar). A primeros de mes los cobradores reclamaban los tributos y, para ello, llamaban a los ciudadanos a gritos. El libro en el que estos cobradores anotaban sus cuentas se denominaba calendarium

Estos romanos no estaban tan locos…

La decisión de comenzar el año en enero tiene su origen en la antigua Roma, en el siglo II a.C., pero no siempre fue así. Durante la Edad Media el inicio del año se celebraba en la Navidad, la Encarnación o la Pascua. La historia de nuestro calendario (el más usado a nivel mundial) es el resultado de aproximaciones sucesivas del año civil al año astronómico que marca las estaciones.

El día y el año actual tienen su fundamento en el movimiento de la Tierra sobre sí misma y en torno al Sol. Podríamos decir que el día y el año son los ladrillos de un calendario solar. Sin embargo, el mes es una unidad basada en el movimiento de la Luna y forma la base de los calendarios lunares. La semana, una unidad intermedia muy conveniente para organizar los días de trabajo y de descanso, corresponde aproximadamente a una fase lunar.

Nuestro calendario actual es obviamente solar, pero sus orígenes se remontan al antiguo calendario romano que tenía un fundamento lunar. En la antigua Roma, varios siglos antes de nuestra era, el año era una sucesión de diez meses: Martius (dedicado a Marte), Aprilis (del latín aperire, abrir, por los brotes vegetales), Maius (por la diosa Maia), Junius (por Juno), Quintilis (el mes quinto), Sextilis (sexto), September (séptimo), October (octavo), November (noveno), y December (décimo).

El año comenzaba el primer día (las calendas) de Marzo, bajo los auspicios del dios guerrero, pues esta era la fecha que marcaba el inicio de las campañas militares con la designación de los cónsules. Los meses comenzaban con la luna nueva, algo que era difícil de determinar a ojo (precisamente porque en esa fase la luna no es visible).

Además, como el año era mucho más corto de 365 días, su inicio iba cambiando de estación, lo que creaba inconvenientes en las campañas militares. Para evitar este problema, se intercalaban meses adicionales cada cierto tiempo. Esta situación se prestaba a un gran desorden. Los pontífices alargaban y acortaban los años fraudulentamente, según su conveniencia, para prolongar la magistratura de sus amigos y reducir la de otros.

Numa Pompilius trató de acompasar el calendario romano a las estaciones añadiendo de manera permanente dos meses al final: Ianarius (dedicado a Jano, mes 11) y Februarius (de februare, purificación, mes 12).

A mediados del siglo II a.C., las campañas militares lejos de Roma (y concretamente en Hispania) requerían nombrar a los cónsules con suficiente antelación al comienzo de las actividades. En el año 153 a.C. se fijó el principio del año en el día 1 de Ianarus (en lugar del 1 de Martius), fecha en que se pasó a realizar el nombramiento de los cónsules, esto es, dos meses antes del comienzo de las campañas.

Gracias a los dos meses adicionales introducidos por Numa Pompilius, el año había pasado a tener unos 355 días, pero aún así era demasiado corto respecto del año de las estaciones. Ocasionalmente se introducía un decimotercer mes, algo también propicio a manipulaciones por intereses políticos o económicos. En el año 46 a.C. el año del calendario se encontraba desfasado unos tres meses respecto de las estaciones y seguía reinando el desorden.

Fue Julio César (102 – 44 a.C.) quien en el 45 a.C. (año 708 de Roma) decidió realizar una reforma definitiva del calendario. Encargó el trabajo al prestigioso astrónomo griego Sosígenes que estaba establecido en Alejandría. Sosígenes se despreocupó de la Luna y ajustó la duración de los meses para fijar la duración total del año en 365,25 días por término medio, es decir, unos 11 minutos más cortos que el año trópico (el de las estaciones, que dura 365,2422 días), transformando así el calendario de lunar a solar. Como resultaba conveniente que el año tuviese un número entero de días, se fijó el año ordinario en 365 días (como el de los egipcios) y para que no se acumulase un decalaje con las estaciones se decidió intercalar un día extra cada cuatro años.

Posteriormente, el mes Quintilus fue renombrado Julius (en honor de Julio César) y el Sextius pasó a llamarse Augustus (por Augusto) pero, por inercia del lenguaje, September, October, November y December han conservado unos nombres que hoy nos resultan aparentemente absurdos y que son, obviamente, inadecuados.

Algo está pasando con Enero…

Este calendario, denominado juliano en memoria de Julio César, permaneció válido durante más de dieciséis siglos. Pero durante muchos de estos siglos, los católicos se resistieron a celebrar el principio del año en un mes dedicado a una deidad pagana.

En la Edad Media, diferentes pueblos de Europa tenían por costumbre celebrar el principio del año en fechas de significado religioso. Dependiendo del estado europeo, se utilizaba el ‘estilo’ de la Navidad (el año comenzaba el 25 de diciembre), el de la Encarnación (25 de marzo), o el de la Pascua (¡con el año comenzando en fecha variable!). Y en algunos de los estados se cambiaba a veces así porque si. Por ejemplo, en Aragón se utilizó el estilo de la Encarnación hasta 1350, y entonces se cambió al de la Navidad que permaneció hasta principios del XVII. En pocos estados (por ejemplo Polonia, desde 1364) se utilizó el estilo de la Circuncisión, con el año comenzando el 1 de enero.

El inicio del año el 1 de enero se hizo obligatorio en muchos estados europeos a partir del siglo XVI. Se impuso en Alemania mediante un edicto hacia 1500; Carlos IX lo decretó en 1564 en Francia y entró en funcionamiento en 1567; en España se generalizó hacia el siglo XVII (en el XVIII en Cataluña), y en Inglaterra hubo que esperar hasta 1752. Hay una historia graciosa en torno a Inglaterra y su calendario ya que antes se celebraba el 25 de marzo como inicio del año. Para poder modificarlo al 1 de Enero hubo que suprimir enero, febrero y veinticuatro días de marzo del año 1751, que sólo tuvo 282 días (del 25 de marzo al 31 de diciembre). Al mismo tiempo, se impuso el calendario gregoriano para lo que hubo que suprimir 11 días de 1752 (en lugar de los 10 que fueron necesarios cuando se instauró la reforma por vez primera en 1582). Al miércoles 2 septiembre de 1752 siguió el jueves 14 de setiembre. Lord Chesterfield, promotor de las reformas, tuvo que aguantar sátiras en las que se le reclamaba: “Devuélvenos nuestros once días”. Si es que estos ingleses…

Con el transcurso de los siglos, los 11 minutos de diferencia en la duración del año juliano y del trópico, generaron una deriva muy significativa. A finales del siglo XVI, a pesar de la corrección introducida en el concilio de Nicea (año 325 d.C.), el equinoccio de primavera (muy importante para la Iglesia, pues determina la fecha de la Pascua) caía hacia el 11 de Marzo, es decir, 10 días antes de la fecha que la Iglesia le había impuesto en Nicea. Esta situación llevó al papa Gregorio XIII a realizar una importante reforma en 1582, año al que recortó 10 días.

En el excelente calendario resultante, denominado gregoriano y vigente hasta hoy, el año tiene una duración media de 365,2425 días. Pero aún contiene diferencias significativas respecto del año astronómico (el año gregoriano dura 26 segundos más que el trópico) y aún conserva numerosas curiosidades y elementos peculiares. Por ejemplo, sigue conteniendo años bisiestos (entre los que se encuentra el 2012), pero se suprimieron los años seculares de entre tales bisiestos (salvo aquellos que son divisibles por 400).

Que tengan un buen día!

Meri.

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El inicio del viaje…

Poco a poco procuraré subir mi cuaderno de viaje así que sed pacientes que aquí la presente está de exámenes y tiene que estudiar.

El día 1 de Noviembre llegué a Nueva Delhi después de casi un día entero viajando. La primera impresión que tuve al aterrizar y atravesar las puertas del aeropuerto fue la luz, una luz muy clara pero penetrante como de color anaranjado que hacía (todavía MÁS) polvoriento el lugar. Luego noté el calor, fuerte pero seco y eso que eran solo las 06:00 de la mañana.

Recuerdo también los olores durante el viaje en taxi hasta Main Bazaar (la zona de hostales baratos), el aroma de flores desconocidas, el polvo constante que sentías al respirar, los diversos animales con sus diversas heces, las especias… Era embriagador.

Nueva Delhi me pareció horrible, sucia, caótica y ruidosa. Cuando me bajé del taxi con el letrero “Guiri recién llegada a la India” escrito en la frente una marea de hindúes me asaltó preguntándome si quería un hotel barato y cada uno de ellos tenía el mejor hotel con el mejor precio del mundo, como no. Lo primero que pensé fue: “María, dónde ostias te has metido chavala”.

Me acabé fiando del que tenía la sonrisa más blanca (algún método de selección tenía que tener señores…) y me llevó a un hostal cuyas condiciones por aquel entonces me parecieron nauseabundas (era una pobre occidental acostumbrada a habitaciones con cama y baño en condiciones). Mi destino era Nepal, los Himalayas empezaban a tener mucha nieve y no podía esperar mucho más…

Cuando llegas a la India, bien sea a Bombay o a Delhi, esta te da la bienvenida de un modo tan efusivo y radical que nadie que no sea hindú puede permanecer impasible…

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